No. 1.392 II Época Año 2007 Tomo CXIX BOGOTÁ D.C. COLOMBIA
 
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MORAL

Formación social y proyecto de sociedad

JESÚS RENAU

Formación social y proyecto de sociedad

En la educación tenemos necesidad de modelos. No es ésta una cuestión trivial.
Se trata, por el contrario, de un punto fundamental. Si hay modelos de identificación se puede educar, porque ellos nos ayudan a desvelar valores, potencialidades y virtudes. Son como un proyecto que dinamiza a las personas, las pone en marcha.

Y si esto es válido a nivel personal, también lo es a nivel colectivo. Hay modelos de familia, de grupo, de colegio, etc. que por sí mismos son constructivos. Y al contrario, hay modelos que por su propia inercia son dehuma-nizantes, dificultan una verdadera educación.

Desde esta perspectiva nos tendríamos que preguntar por el modelo de sociedad que estamos viviendo y, sobre todo, por el proyecto de sociedad que estamos construyendo, y que van a vivir en el futuro nuestros alumnos.

No es una pregunta teórica, en el sentido de una divagación sobre los posibles y los futuribles. No es pérdida de tiempo, este tiempo que tanto necesitamos para nuestra tarea de todos los días. Es una pregunta hecha, sin duda, a nuestra mente, pero de graves consecuencias prácticas; porque vamos educando cada día, estamos metidos de lleno en la formación de personas, y tanto si lo pensamos como si no lo pensamos, trasmitimos unos modelos y unos valores que influyen positivamente o negativamente en los niños y adolescentes. Por tanto, es importante una toma de conciencia sobre el modelo de sociedad que estamos proyectando, de hecho, para ver si responde a los criterios y al sistema de valores de nuestra educación, y también para buscar las correcciones oportunas.

Una pregunta sumamente difícil

Preguntarse hoy sobre el modelo de sociedad futura, que van a vivir nuestros alumnos, es una cuestión de mucha complejidad. ¿Quién es capaz de aventurarse a prever este futuro? ¿No es acaso una pregunta ingenua? ¿No nos estamos metiendo en un callejón sin salida?

Revista El Mensajero

No creo que hoy haya mucha gente que tenga algunas ideas muy claras sobre este futuro, y más desde la caída de los estados comunistas del Este, desde la certeza del aumento de la pobreza en continentes como Africa o América Latina, que están mucho peor que hace quince años, desde la certeza de las grandes inmigraciones que ya avanzan sobre Europa y EE.UU... y desde unos cambios tan vertiginosos que nos llevan a la sorpresa continuada.

Por tanto, esta pregunta sobre el modelo futuro de sociedad no parece una pregunta bien hecha para los educadores. Deberíamos modificarla, adaptarla a unas coordenadas más cercanas a nuestra realidad con el fin de encontrar caminos concretos, operativos, que

nos dinamicen y nos hagan posible trabajar para un futuro mejor.
Pero creo, que podemos reconvertir la pregunta en otras tres preguntas más concretas.

1. ¿Qué elementos de la sociedad actual, de su sistema de valores, vemos con toda claridad que hay que denunciar?

2. ¿Qué realidades actuales, que ya se dan, vemos, con toda claridad que hay que potenciar?

3. ¿Cuáles son nuestras perplejidades, nuestras dudas, aquello que habrá que discernir?

La respuesta a estas tres cuestiones nos dará una línea, un proyecto de fondo realista y concreto, de una educación que se abre al futuro, que no claudica ante los problemas, que intenta crear unos hombres y mujeres capaces de tomar su historia personal en sus manos y no dejarse arrastrar por la inercia de lo fácil, lo cómodo y lo que responde a intereses de los que controlan el poder real de nuestro mundo.

Pero habría que recordar una base previa. ¿Cuál es el fundamento que nos garantiza esta crítica de lo actual en
función del futuro?

Base teológica: El Dios de Jesús

Para los creyentes, nuestro sistema de valores tiene una base teológica, que es el Dios de Jesús. El Dios de los griegos, de la cultura romana, de Aristóteles y Platón, de Séneca, que se define como el Ser Trascendente, Primer Motor, Causa universal eficiente y final de la realidad, infinitamente todo, amor, poder, sabiduría, justicia,... etc.

este Dios así, no nos sirve, por la sencilla razón de que se nos queda corto, paradójicamente insuficiente pese a tantas afirmaciones de inmensidad y de grandeza. No es que neguemos que sea cierto lo que estos filósofos afirmaron sobre Dios. Es verdad, pero es una verdad elevada, inconcreta, sin nombre, una verdad inefable quizás, mistérica y distante.
Jesús a partir de la tradición de Israel nos presenta una imagen de Dios mucho más entrañable y cercana: Abba Padre.

Dios en Israel se había ido revelando como Dios de personas, el Dios de Abraham, Isaac, Jacob, Moisés... Dios en Israel se había ido revelando como el de un Pueblo, el Pueblo de Dios, constituído como tal en el desierto, una vez liberado de la esclavitud tiránica de Egipto. Dios en Israel se había ido revelando como el Dios de todos los pueblos de la tierra, de la paz, de la concordia y la justicia entre toda la humanidad, con especial atención a los pobres y marginados, como repetidamente indicaron

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los profetas. Desde esta tradición de su pueblo Jesús nos revela a Dios Padre, Dios Amor, Dios interesado en todos y cada uno de sus hijos e hijas, Dios de la comunión y de la comunidad, presente y vivo en todas partes, al que no se adora en un lugar sagrado sino «en espíritu y verdad». Más aún, en Jesús Dios se hace humano, concreto, es un Dios que nace, vive, trabaja, escucha, llora, sana, sufre, muere y resucita, con todo lo cual abre un camino de profunda humanidad a la fe y a la religión.

Recordamos esta verdad de nuestro Dios porque va a iluminar las preguntas que nos hacemos. Es la base teológica.

Base moral: Justicia y amor

De la manifestación de este Dios en Jesús brota una exigencia práxica, como una necesidad intrínseca de la misma revelación, es la moral de la justicia y del amor. No puede ser de otra manera cuando se cree en un Dios liberador de personas, de pueblos, un Dios cercano, un Dios Padre y un Dios humano en Jesús.

Cuando hablamos de fe justicia, por tanto, no nos referimos a un slogan de moda, a la suma de dos dinámicas diferentes, a la yuxtaposición de dos factores, sino que nos referimos a algo esencial para el creyente en el Dios de Jesús: andando por los caminos de la fe, hacia dentro de la misma nace una justicia. Se trata de la justicia que brota de la fe.

Fe indica referencia a Otro, a diferencia de visión. Nuestra fe hace referencia al Dios de Jesús, un Dios de personas y de liberación. Es imposible hacer la entrega de la fe sin que se implique la justicia de este Dios. Creer, marginando la justicia es una idolatría, porque se tiene fe en otro Dios, no en el cristiano.

Conviene aquí recordar las dimensiones de esta justicia, tal como se ha ido profundizando en la doctrina social cristiana. No nos podemos quedar en unos conceptos vaporosos de justicia, como en unas buenas intenciones.

n  Justicia conmutativa: dar a cada uno lo que le pertenece.
n  Justicia distributiva: cargas y responsabilidades según situaciones.
n  Justicia social: aportación común, socialización, para un mundo más humano y solidario.
n  Justicia evangélica: aquella propia del perdón y la conversión.

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Y, con esto, llegamos al segundo elemento moral que es el amor, que ya no se contenta con dar, con distribuir, con colaborar al bien común, con perdonar, sino que se da a sí mismo, se identifica con los demás, les sirve desde sus necesidades, comparte su vida, entra en comunión gratuita y hace el milagro de la solidaridad y la fraternidad.
Justicia y amor se implican. No se da el uno sin el otro. Esto es importante ante el amor que se salta la justicia.

Digamos que el cristiano, aunque cree que esta base moral tiene un fundamento religioso, o creyente, sabe también que es tan profundamente humana que no es “propiedad exclusiva” de los creyentes. Por eso la presentamos aquí como válida para un proyecto social.

 
Base educativa: Hombres y mujeres para los demás

Implicados por la iniciativa del Señor en la misión de Jesús en el mundo, que es una misión de amor y de justicia, un grupo de educadores intentamos concretar este cometido fundamentalmente en el proyecto de formación que el P. Arrupe definió como educar hombres y mujeres para los demás, que sean agentes de cambio cultural, social y político en la opción por la fe y la promoción de la justicia. Esta es nuestra tercera base, la educativa según las líneas y el estilo de los colegios de la Compañía de Jesús.

Educar, es decir provocar, acompañar, estimular y evaluar unos procesos personales graduales, adaptados y que parten de la propia identidad de los alumnos.

Unos hombres y mujeres para los demás, es decir que sean capaces de alcanzar el nivel de reconocimiento, aceptación y donación de los otros y hacia los otros. Se trata de la capacidad de alteridad, sin la cual no podemos hablar seriamente de amor, sino en el mejor de los casos de actuación según la propia conciencia, seguramente con el fin de tranquilizarla. Para alcanzar este nivel afectivo y activo de la alteridad habrá que superar los narcicismos y los engaños que inducen a poner a los demás al servicio de nuestros intereses. Para los demás, significa no sólo para ellos, sino desde ellos.

No hay duda que entre estos «ellos» se incluyen y en un lugar privilegiado los más desheredados de la tierra, los pobres, los marginados y explotados. Esto es por razones teológicas y de amor y de justicia. No educamos para personalidades cerradas y autosuficientes, sino para aquel estilo de amar que es el propio de Jesús.

Agentes de cambio, cultural, social y político. Esto supone una formación capaz en primer lugar de dejarse impactar por los clamores de la sociedad en sus sectores más débiles, supone, que este impacto es también crítico y lleva en sí una cierta respuesta de acción. Se trata, pues de todo un largo proceso que intenta mantener el equilibrio entre la necesaria adaptación al ambiente y la inadaptación capaz de transformarlo.

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