en sus frutos.
El maestro sembraba vida
y el joven
bebiendo el agua de su propio pozo
iba creciendo poco a poco
hasta dar fruto.
Y VIO EL MAESTRO QUE ERA BUENO.
AMANECIÓ Y ATARDECIÓ EL DIA TERCERO.
Dijo el MAESTRO:
Haya luceros en el firmamento
para apartar el día y la noche
para alumbrar sobre la tierra
regaló el maestro dos luceros mayores al joven.
Uno era grande y de fuego.
Alumbraba la vida
con esfuerzo, constancia y tesón.
Era el espacio del estudio y del trabajo.
El espacio de la creación.
Otro era de plata
y aunque más pequeño
estaba rodeado de miles de puntos brillantes
que alumbraban la noche
convirtiéndola en un gran salón de baile.
Era el espacio de la celebración y la fiesta
del arte y del descanso.
Este regalo fue obra del maestro.
Creó los luceros con su estudio serio
y su trabajo abnegado
con su propia oración
con su propia canción
y su propio baile.
El joven descubrió su Sol en la luz del maestro
aquella noche oscura
en que sorprendió la sonrisa del maestro
que seguía creyendo
celebrando
alumbrando
la vida. |