No. 1.391 II Época Año 2007 Tomo CXIX BOGOTÁ D.C. COLOMBIA
 
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EDITORIAL

María

Madre de jesús

En el mes de Mayo la mujer es tema obligado. En la perspectiva del cristianismo la atención se centra en la mujer que para nosotros posee unas características únicas en la historia de la humanidad: nuestra Señora la Virgen María, la Madre de Jesús.

Para nuestra fe, ella concibió, dio a luz, educó y acompañó a su Hijo divino hasta el momento de su ignominiosa muerte en la cruz, fue la primera en experimentar su resurrección y durante un tiempo fundamental para la primera comunidad cristiana, estuvo presente en su desarrollo y expansión.

Y decimos que sus características son únicas según nuestra fe, porque para nosotros ese Hijo suyo es Dios-Hijo que se hizo humano y que con su vida, su muerte y su resurrección nos dio acceso a la divinización inicialmente en este mundo y más allá de la muerte en la plenitud de la eternidad.

Desde que la Iglesia declaró a la Madre de Jesús como Madre de Dios, es evidente que la percibimos en nuestra fe como la primera beneficiaria de la obra salvadora, redentora y santificadora de Jesús Dios-Hijo humanado. Y percibimos en ella un ser humano dotado de una especialísima relación con nuestro Dios Trinitario: hija de Dios-Padre en plenitud de Gracia, madre de Dios-Hijo humanado, receptora privilegiada de Dios-Amor Espíritu Santo en el inescrutable misterio de la Encarnación.

Pero si todas estas maravillas que la fe cristiana proclama de María Santísima son indiscutible convicción teológica, ello no disminuye en lo más mínimo el carácter absolutamente normal de su existencia humana.

Revista El Mensajero  

En el caso de nuestra Señora tenemos que aplicar el mismo criterio hermenéutico que utilizamos al distinguir al Jesús histórico del Cristo de la fe. Efectivamente, una es María la mujer hebrea que fue madre de Jesús, y otra es la Santísima Virgen Madre de Dios, como lo afirma la fe cristiana.

El excesivo énfasis con que en la historia se ha exaltado la figura de nuestra Señora en la dimensión propia de la fe desarrollada abundantemente por la Teología en todos los tiempos, ha llevado a un excesivo también olvido de su realidad histórica.

María, la madre de Jesús fue una mujer sencilla y pobre, totalmente normal en todos los aspectos, como cualquier mujer hebrea en el contexto socio cultural e histórico del Israel que le correspondió vivir en su época.
Esposa y madre, ejerció seguramente las funciones propias de toda mujer de su pueblo, con la normalidad y naturalidad de cualquiera de sus congéneres.

La utilización de textos del Nuevo Testamento para pretender retrotraer a la historia de María los aspectos teológicos que sólo aparecen y

son asumidos por la comunidad cristiana después de la resurrección del Señor, corresponde a una hermenéutica errónea según los principios de exégesis bíblica propuestos por el Concilio Vaticano II.

Si la vida histórica de Jesús tuvo que haber sido totalmente humana, como lo afirma San Pablo en su himno de Filipenses 2, en el que se garantiza el “despojo” o “vaciamiento” de su divinidad para ser total y completamente humano como nosotros, idéntico a cualquier ser humano “menos en el pecado”, ¿cómo pretender que María su madre hubiera podido desarrollar una vida con características marcadas por el conocimiento o experiencia de la divinidad de su Hijo, divinidad de la que él vivió “despojado” durante su vida terrena?

La magnitud de la fe de los Apóstoles y seguidores de Jesús reside en que habiendo compartido parte de su existencia con un Jesús totalmente humano, por la experiencia de la resurrección hayan proclamado en su fe que Jesús era Dios-Hijo que se había humanado. Mucho mayor es la fe de María en un proceso idéntico, pues si alguien generó, conoció, acompañó y vivió existencialmente la humanidad de Jesús fue ella, desde la concepción hasta la muerte de su Hijo. Su fe entonces se acrecienta cuando ella misma, después de la resurrección, será la primera en reconocer y afirmar la divinidad del mismo, lo que deducimos de su preeminencia en la comunidad de fe que es la comunidad cristiana primitiva.

Si queremos a María como prototipo de mujer, es prototipo de feminidad normal propia de una mujer pobre de un pueblo pobre, sometida a todas las condiciones de su momento cultural. Si la queremos como prototipo de madre, fue la madre pobre de un Hijo pobre que sacrificó su vida en la cruz por la causa del Reinado de Dios. Si la queremos como prototipo de esposa, fue la esposa pobre de un carpintero pobre al que acompañó fielmente en la forma de vida de pareja propia de su lugar y su tiempo. Si la queremos como prototipo de cristiana, será la mujer de máxima fe en la divinidad de su Hijo plenamente humano.

Como mujer, como esposa y como madre, María en su vida histórica antes de la resurrección del Señor Jesús, es modelo de normalidad. Y después de Pascua, María es la Madre de Dios y Madre nuestra que acompaña nuestra vida cristiana ayudándonos a crecer como hijos de Dios-Padre para que lleguemos a reproducir en nosotros los rasgos de su Hijo humano divino Jesucristo.

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