son asumidos por la comunidad cristiana después de la resurrección del Señor, corresponde a una hermenéutica errónea según los principios de exégesis bíblica propuestos por el Concilio Vaticano II.
Si la vida histórica de Jesús tuvo que haber sido totalmente humana, como lo afirma San Pablo en su himno de Filipenses 2, en el que se garantiza el “despojo” o “vaciamiento” de su divinidad para ser total y completamente humano como nosotros, idéntico a cualquier ser humano “menos en el pecado”, ¿cómo pretender que María su madre hubiera podido desarrollar una vida con características marcadas por el conocimiento o experiencia de la divinidad de su Hijo, divinidad de la que él vivió “despojado” durante su vida terrena?
La magnitud de la fe de los Apóstoles y seguidores de Jesús reside en que habiendo compartido parte de su existencia con un Jesús totalmente humano, por la experiencia de la resurrección hayan proclamado en su fe que Jesús era Dios-Hijo que se había humanado. Mucho mayor es la fe de María en un proceso idéntico, pues si alguien generó, conoció, acompañó y vivió existencialmente la humanidad de Jesús fue ella, desde la concepción hasta la muerte de su Hijo. Su fe entonces se acrecienta cuando ella misma, después de la resurrección, será la primera en reconocer y afirmar la divinidad del mismo, lo que deducimos de su preeminencia en la comunidad de fe que es la comunidad cristiana primitiva.
Si queremos a María como prototipo de mujer, es prototipo de feminidad normal propia de una mujer pobre de un pueblo pobre, sometida a todas las condiciones de su momento cultural. Si la queremos como prototipo de madre, fue la madre pobre de un Hijo pobre que sacrificó su vida en la cruz por la causa del Reinado de Dios. Si la queremos como prototipo de esposa, fue la esposa pobre de un carpintero pobre al que acompañó fielmente en la forma de vida de pareja propia de su lugar y su tiempo. Si la queremos como prototipo de cristiana, será la mujer de máxima fe en la divinidad de su Hijo plenamente humano.
Como mujer, como esposa y como madre, María en su vida histórica antes de la resurrección del Señor Jesús, es modelo de normalidad. Y después de Pascua, María es la Madre de Dios y Madre nuestra que acompaña nuestra vida cristiana ayudándonos a crecer como hijos de Dios-Padre para que lleguemos a reproducir en nosotros los rasgos de su Hijo humano divino Jesucristo.