No. 1.391 II Época Año 2007 Tomo CXIX BOGOTÁ D.C. COLOMBIA
 
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MARIOLOGÍA

María de Nazaret el ser creyente como acogida

JOSÉ IGNACIO GONZÁLEZ FAUS

Muchos católicos no saben ya si María es importante o no en el cristianismo. Antes parecía serlo mucho. Ahora, quienes siguen afirmando que lo es parecen a veces nostálgicos de lo antiguo y suelen presentar un cristianismo de evasión, donde las coronas, las joyas, las procesiones y los santuarios parecen «afanes de Marta» (cf. Lc 10,41) que olvidan lo único esencial: hacer la voluntad del Padre, que consiste en amar al hermano.

Por el contrario, quienes dan la sensación de pretender y de presentar un cristianismo «más cristiano» y menos ajeno al camino de Jesús dan también la sensación de hablar poco de María. Como si temieran que fuese, en lugar de un camino a Jesús (el famoso «ad Jesum per Mariam» de antaño), un desvío de Jesús. Curioso estado de cosas que explica la perplejidad de muchos católicos.

En este artículo quisiéramos decir dos cosas:
a) María es importantísima en el cristianismo, y en esto tienen razón los del primer grupo; pero
b) esa excepcional importancia de María no tiene nada que ver con todas las expresiones en que la plasman los cristianos del primer grupo: apariciones reales o supuestas, santuarios marianos, coronaciones de La Virgen, exhibiciones de sus tesoros de joyas, procesiones de imágenes en las que parece darse culto no a una Mujer real de esta tierra, sino a alguna vaporosa mitificación de lo femenino... hecha además por varones.

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Lo que ocurre es que para este mundo es muy difícil digerir que sea cristianamente tan importante una mujer como María de Nazaret, pues ello pone del revés todos los valores de una «cultura». Y el primer sabio griego que polemizó largamente con los cristianos (el filósofo Celso) ya tomaba como uno de sus argumentos el que los creyentes en Jesús honraban a una María que era «mujer sin porvenir ni nacimiento regio, y a quien nadie conocía, ni siquiera sus vecinos».’

Muchos cristianos, impactados por esa argumentación de Celso, parece que se hayan dedicado a ponerle coronas a María -para equipararla con los grandes de «nacimiento regio»-, a levantarle templos descomunales que parecen tener garantizado un «porvenir» histórico y a proclamar que se aparece aquí y allá, para que puedan conocerla -y aprovecharse de ella- no sólo los vecinos, sino todas las gentes de lugares lejanos que acuden allí con la ambigua intención de ser testigos de algún milagro, para ver si así se ahorran aquello de «creer sin haber visto» (cf. /Jn/11/29), que tan duro se le hacía al apóstol Tomás.

Lo que quisiéramos explicar en este artículo es sencillamente esto: en el cristianismo es importantísima la María de Nazaret, no la María «de Celso». En cambio, los sectores que llamaríamos más «mariológicos», o más marianamente maximalistas de nuestra Iglesia, parece que muchas veces dan culto a la María de Celso, más que a la verdadera madre de Jesús. Sobre todo, cuando ese culto es articulado y puesto en práctica por gentes de clases altas o que ocupan posiciones de poder. Con ello no se hace ningún servicio a la misma María a la que se quiere honrar.

Pero aquí lo importante no es entablar ninguna polémica contra ese sector, sino más bien intentar mostrar la importancia, decisiva y primaria, de María para la fe cristiana.
Si hemos de atenernos a los datos evangélicos y a la tradición teológica más respetuosa con ellos, habremos de decir que toda la grandeza de María está en su fiat. En haber sabido decir que sí a la Palabra de Dios, en haberla acogido incondicionalmente. Con esto, María es la personificación plena y máxima de lo que es todo creyente: el que se abre para decir que sí, para acoger una Palabra de Dios no dominada por uno, presentida, pero imposible de categorializar totalmente, y por eso -a la vez- oscuramente presentida. Una Palabra que es fuente de conflictos ulteriores y de inseguridades ulteriores (como se ve, por ejemplo, en Mt 1,18ss y en Lc 2,4ss). Pero que es también realizadora de la humanidad del creyente, precisamente por haberla acogido.
La fe es acogida incondicional y -como tal- realización del hombre, precisamente por la estructura misma del ser humano, el cual es creatura «abierta» (o transida por esa necesidad de ser visitado) y «agraciada». El ser humano es contingencia transida de infinitud, y que se encuentra además con una oferta de infinitud. Como prototipo del creyente, María es así primicia, «primera redimida» y primera realización de la nueva humanidad hacia la que Dios llama al hombre.

Pero esa capacidad de acogida incondicional, que es característica de toda religiosidad auténtica, es a la vez el rasgo más perceptible y más destacable de lo femenino: la mujer como posibilidad de acogida, como expectativa receptora del amor. (Lo cual es algo distinto del hecho de que esa apertura al amor no excluye, sino que exige, para entregarse, la necesidad de discernir cuándo es el amor lo que se ofrece y cuándo es un proyecto particular de dominio o de apropiación de un ser humano por otro ... ).
Al decir que la acogida es un rasgo quintaesenciado de lo femenino, tampoco queremos decir que no pueda (y en este caso deba) darse también en el varón. Igual que -en sentido contrario- el orgullo dominador puede darse y se da, de hecho también en la mujer.
Estamos hablando, por así decir, de arquetipos puros. En la práctica, nadie (sea varón o mujer) consta de componentes sólo masculinos o sólo femeninos: este dato es aceptado hoy por todos los antropólogos y sexólogos.

Todo lo anterior queda puesto muy de relieve por la misma simbología del acto conyugal: la mujer es en él receptividad y acogida; cuando el acto conyugal tiene lugar «éticamente» de acuerdo con su-deber-ser, con su verdad más profunda o con sus posibilidades más auténticas, entonces el varón sabe hasta qué punto el tono respetuoso y «protector» con que él visita a la mujer le hace sentirse como envolvente de ésta y, en este sentido, también como acogedor incondicional.

El acto conyugal es entonces una especie de «perichóresis» una mutua interpenetración de dos acogidas incondicionales. Esta simbología, que arranca ya de la misma «base material», corporal, del ser humano, atraviesa todos los niveles ulteriores de la humanidad y de la relación humana.

De todos modos, y a pesar de esta presencia necesaria de la acogida, tanto en lo femenino como en lo masculino, no cabe duda de que, al nivel simbólico- expresivo, es lo femenino el verdadero emblema de la acogida. Por eso, incluso a niveles instintivos, la mujer tiene una sexualidad mucho más oblativa, y el varón una sexualidad mucho más dominadora.
Y de esta breve reflexión se sigue una consecuencia bien sencilla: María es, efectivamente, en el cristianismo, lo más importante después de Cristo. Es más importante que el Papa, o que la jerarquía, y más importante que los milagros y aun que la misma revolución pendiente.

Y lo es precisamente como mujer y por ser la mujer que fue. Y lo es porque, en cuanto mujer y en cuanto tal mujer, puede ser paradigma de aquello en que la fe cristiana consiste: la apertura incondicional y la acogida absoluta del amor de Dios ofrecido al hombre. Esa acogida incondicional la valora el cristiano como algo muy superior a todas las posesiones terrenas, a todos los orígenes nobles y a todas las condiciones de famoso, que Celso echaba de menos en María.

 
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Pero además, por eso mismo, la devoción a María no consiste -repitámoslo- en una sublimación idealista (y hecha además por varones) de ninguna feminidad etérea, sino en la aceptación radical de esta verdad última de nuestro ser hombres: nuestra pobreza y la acogida incondicional por nuestra pobreza de la oferta y la visita del Amor de Dios revelado en Cristo.

Y ahora quisiera sacar de aquí unas pocas conclusiones prácticas.

La acogida de Dios no es fácil. Pasa por momentos en que nos desborda y no comprendemos, en que no queda más que preguntar (Cf. Lc 2,48) y guardar en el corazón. (Lc 2,51). Pero, para los evangelios, está claro que esa receptividad de María es elemento indispensable para el conocimiento auténtico del Dios verdadero por parte del ser humano. Por eso ponen en labios de María el Magníficat.Ahora es preciso añadir que Dios no es un objeto neutro de conocimiento al que se pueda acceder «informativamente» y descomprometidamente. Encontrar a Dios supone una actitud previa, no, naturalmente, de deseo ni de prejuicio, pero sí de apertura y de acogida. Para poder captar que el poder y la gloria de Dios son su Misericordia Fiel, que se posa sobre los pobres y les hace justicia «derribando del trono a los poderosos», para poder captar eso hay que haber dicho antes FIAT. Y por eso, según los evangelios, el hombre rico y poderoso que, en lugar de acogida es cerrazón, y en lugar de entrega es «dueño de sí», ése no puede conocer a Dios y, en el mejor de los casos, sólo llega a creer en dioses falsos, hechos a imagen y semejanza de su falsa riqueza. Esto lo pone muy bien de relieve Juan Pablo II en su última encíclica sobre María:
«La Iglesia, acudiendo al corazón de María, a la profundidad de su fe expresada en las palabras del Magnificat, renueva cada vez mejor en si la conciencia de que no se puede separar la verdad sobre Dios que salva, sobre Dios que es fuente de todo don, de la manifestación de su amor preferencial por los pobres y los humildes que, cantado en el Magnificat, se encuentra luego expresado en las palabras y obras de Jesús» (Redemptoris Mater, 37).

La receptividad de María la convierte así en memoria. Memoria de Jesús y memoria de la pasada acción del Espíritu de Dios, para la Iglesia de cada hora concreta. Pero de la acogida quizá brota, además, un segundo punto que me gustaría comentar, por estas dos razones: porque hoy lo necesitamos mucho y porque coincide con la otra palabra de María que nos han conservado los evangelios: su palabra en Caná.

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«María dijo: no tienen vino» (/Jn/02/03). Es como si el evangelísta dijera: el que conoce de veras a Dios, porque lo lleva dentro, procura usar sólo el lenguaje de la sugerencia, de la persuasión y de la propuesta, nunca el lenguaje de la fuerza, el engaño o la coacción. Y otra vez: junto con la cerrazón frente a la acogida, también la coacción frente a la persuasión son las características del poder y de la riqueza. De ahí brota un mundo construido sobre estos dos pilares: la insolaridad del «cada cual para sí» y la agresividad del «cada cual sobre los demás». Es decir: de ahí brota nuestro mundo.

También en la pareja humana el símbolo femenino encarna más la vía de la sugestión cariñosa, frente a la vía de la fuerza autoritaria, típica del padre freudiano. Es el tópico de la madre que consigue del hijo, a base de persuasión y paciencia, lo que el padre no consigue a base de fuerza y castigo (tópico, digo, porque más de dos veces, en la vida real, los roles funcionan al revés. Y porque, además, ese símbolo tampoco excluye la necesidad para el niño del otro símbolo paterno de la decisión y la fortaleza. Pero tópico suficientemente fundado).

Pero más allá de las bases arquetípicas que todo esto pueda tener en las estructuras mismas de lo humano (tanto en las sociales como en las sexuales)., lo que nos interesa aquí es lo que todo ello «revela» de Dios, y por qué lo revela. Dios sólo ofrece, sólo sugiere, por muy Todopoderoso que le confesemos. Ha renunciado a su fuerza para relacionarse con los hombres. Entretanto, los hombres seguimos divini-zando la autoridad y el poder para relacionarnos entre nosotros.

Incluso los cristianos seguimos haciéndolo así. María, la mujer y la creyente, es la que, por ser acogida incondicional de Dios, es a la vez transparencia y memorial perenne de que Dios es ambas cosas: es un Dios de los pobres y un Dios de la libertad.

Las sugerencias que de aquí pueden brotar para relacionar la causa del feminismo con las dos grandes causas históricas (la causa de los pobres o de la justicia y la causa de la libertad de todos los hombres) no son para comentar ahora. Me limito a apuntar el tema, subrayando que lo fundamental en él es que la causa feminista sea en efecto una liberación de la mujer, no una masculinización de la mujer, a la que se desprecia tanto que sólo se cree poder liberarla cuando se la desfigura y se la asimila a su dominador (y a los valores sociales que configuran la convivencia, y que son todos proyecciones masculinas: fuerza, éxito, posesión, imperio.... etc.).
También cabría seguir reflexionando cómo, desde la categoría de «acogida incondicional de Dios» (el fiat), se derivan todas las demás verdades o «dogmas» que el cristianismo atribuye a María: la acogida incondicional de Dios vuelve «inmaculada» a la persona; es la única que hace triunfar al hombre sobre la muerte; y se convierte en «maternidad divina» respecto de la Presencia de Dios en nuestra historia. Todo ello me parece suficientemente claro. Pero esta reflexión nos apartaría del carácter práctico que queríamos dar a estas conclusiones, y al que vamos a regresar para cerrar ya este artículo.

Desde poco después del Vaticano II (con Garabandal) hemos entrado, por lo visto, en una época en que las «apariciones de María» se han hecho noticia. Como si en esos fenómenos tan ambiguos se expresase una reacción de resistencia o, al menos, de desconcierto o de incomodidad tras el Vaticano II. Resistencia e incomodidad muy comprensibles, por lo demás, desde esa «carnalidad judaizante» que acecha siempre a lo religioso. Por eso no importa que cada una de estas supuestas apariciones quede desmentida al poco tiempo, y a veces con cotas llamativas de ridículo. Sus adictos reaccionan ante esos desmentidos como reaccionan los adictos a la lotería cuando no les ha tocado el último sorteo: comprando un boleto para el próximo. Y el fenómeno ha desbordado ya ampliamente las fronteras del «typical spanish», para hacerse internacional: ahora la Virgen se aparece también en Italia, en Yugoslavia, en Polonia, en Nicaragua, en Ucrania...

Lo que hace más concretamente sospechosos a estos fenómenos (más allá de las consideraciones «formales» sobre su posibilidad y probabilidad en la actual «economía de salvación») es el poco parecido entre la María del Evangelio que hemos intentado dibujar y la Virgen que se aparece (y que suele asemejarse más a la María de Celso). En primer lugar, frente a la fe como receptividad y acogida, suele caracterizar a esas apariciones la presencia de algún mensaje o consejo que «asegura» y con el que se compra a Dios, más que dejarse invadir por El. Parecería que el creer en las apariciones es un camino de salvación mucho más ancho y seguro que el largo y estrecho «creer en el Evangelio» (Mc 1,15). Los supuestos milagros y las presiones colectivas (con frecuencia neurosis, más que meras presiones) contribuyen a engendrar esa actitud que, en lugar de acercarse al «fiat» de María, se acerca mucho más a aquella otra reprochada por Jesús: «si no véis signos y prodigios no creéis» (Jn 4,48; para añadir luego: «me buscáis no por haber visto signos, sino porque comisteis hasta saciaros» Jn 6,26).

Y, en segundo lugar, lo que estas apariciones tienen de «mensaje», que suele ser muy poco, tiende mucho más a la autoafirmación y reafirmación propias que a la persuasión o sugerencia que mostrábamos como actitud mariana: siempre son apariciones «contra algo».
Si no, tal vez, en sus primitivos testigos infantiles, sí en aquellos que luego las corean y propagan. A veces da la sensación de que la Virgen, en lugar de aparecerse a alguien, se aparece contra alguien. Y contra alguien que siempre es «exterior al sistema» que promueve las apariciones: contra Rusia, contra el «clero joven», contra la iglesia postconciliar, contra los sandinistas, contra todos los demás que son «el mundo» y los malos... Es como si Jesús, en lugar de entrar en conflicto con los sacerdotes y los fariseos (cf.,v.gr., Mt 23) hubiera dirigido sus diatribas contra los samaritanos, contra los paganos, los romanos o las prostitutas. Habría resultado un Jesús más creíble para los aficionados a las apariciones.

Pero, desgraciadamente, también más sospechoso. Mucho más sospechoso.
Hace ya algún tiempo, un señor cristiano y de excelente voluntad me criticaba, no sin dolor, el que la jerarquía eclesiástica aparezca tantas veces reticente y se precipite a desautorizar este tipo de fenómenos, que -según argumentaba él- «en definitiva no hacen más que bien a la gente». Yo le comentaba que, en mi opinión, la jerarquía eclesiástica aún es muchas veces demasiado poco radical en su rechazo. Y a lo largo de la conversación se me ocurrió argumentarle así:
-¿Sabes cuándo una supuesta aparición de la Virgen tendría ciertos visos de ser (no creída, pero al menos sí) atendida o seguida con alguna perplejidad? Pues el día en que la Virgen se aparezca y, en lugar de pedir que le hagan un gran santuario o cosa parecida, pidiese que la despojaran de todos los atributos mundanos que le hemos ido poniendo los hombres (de todas las joyas, coronas, tesoros marianos, fajines de «capitana generala»... y ordenase que todo el importe de ese bendito despojo estudie la Iglesia cómo hacerlo servir en favor de los pobres de la tierra.

Ese día -le dije- yo no sabré si se aparece o no la Virgen. Pero al menos podré decir que, si alguien es visto allí, puede ser María la de Nazaret y no María la de Celso.
Paradójicamente (porque este tipo de discusiones suelen ser más bien inútiles y sólo conducen a que cada cual reafirme y proteja cuidadosamente sus posturas previas), esta vez sí que mi interlocutor quedó algo convencido.

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