quiere en concreto en cada momento. Lo cual nos obliga a estar muy metidos en la realidad actual y ser al mismo tiempo hombres y mujeres de oración. “Contemplativos en la acción”, diría Ignacio.
“El sentido de discernimiento es un distintivo de nuestro modo de proceder. Se trata de llegar a ser personas que educadas mediante una larga y nunca acabada experiencia de Dios, como Ignacio, estén en permanente actitud de búsqueda y escucha del Señor, y adquieran cierta sobrenatural facilidad para percibir dónde está y dónde no está.” Son palabras del P. Arrupe. Es aprender a mirar a la sociedad, a la historia y a nosotros mismos desde los ojos de Dios.
Para ir esclareciendo y poniendo por obra la misión particular que Dios nos pide a cada uno empleamos, como instrumento privilegiado, el “acompañamiento espiritual” personalizado y comunitario.
La libertad ignaciana
Ignacio la llama “indiferencia”. Se trata de abrirse al atractivo de todo lo bueno, sin prejuicios ni apegos, de forma que podamos llegar a ver con claridad qué es lo que Dios quiere de nosotros, y podamos llevarlo a la práctica.
Todo es conversable y discutible, pero a la luz del proyecto de Dios. Para ello es necesario “hacernos indiferentes”, es decir, objetivos y valientes, interiormente libres para elegir lo que entra dentro del proyecto de Dios.
Para alcanzar la indiferencia ignaciana es necesario creer firmemente que todos los seres humanos somos creados por Dios para ser felices realizándonos como personas. Y para poder lograrlo debemos fiarnos de él, que nos ama y es el único que conoce lo que realmente necesitamos para alcanzar esa felicidad.
El “magis” ignaciano
Los Ejercicios nos ponen en actitud de seguimiento a Jesús, de ese Jesús que es cercano, pero exigente. Él siempre pide más: así es el amor. Jamás nos pedirá por encima de nuestras posibilidades; ni menos aun, algo que no sea para nuestra felicidad. Pero él, que nos conoce a fondo, sabe que con su ayuda somos capaces de realizar mucho más de lo que podríamos pedir o pensar.
Nuestro Papá Dios tiene lindos y magníficos proyectos para con cada uno de nosotros. Por eso Ignacio nos transmite en su espiritualidad un deseo de progresar siempre más y más. El “magis” ignaciano se apoya en el reconocimiento del amor poderoso y exigente de Dios.
Esta atrevida confianza en Dios nos tiene que llevar a trabajar por el Reino lo más fielmente posible, con rigor y calidad. Y nos deja abiertos, sin miedos ni prejuicios, para vivir siempre en actitud de búsqueda, detectando las nuevas presencias de Dios en los desafíos de nuestro mundo; dispuestos a crecer y madurar en una fe actual; abiertos a un mayor amor a Dios, una mayor profesionalización, una mayor santidad de vida, personal, familiar y social...
El magis lleva a una total disponibilidad para sacrificar todo lo que sea necesario con tal de llegar a la meta que nos pide Dios, a cada uno según su misión.
Sentido de cuerpo
La humildad radical de los Ejercicios, a la luz de la encarnación y la misión, nos lleva a buscar a hermanos con los que trabajar juntos, de forma complementaria, en la construcción del Reino.
Experiencias comunes nos han llevado a ideales comunes, a los que queremos llegar en comunidad. Para ello es imprescindible aprender a trabajar en equipo. Lo que somos y tenemos lo ponemos al servicio de los hermanos. Respetamos la diversidad, de forma que nos podamos complementar, justamente porque somos diversos, pero unidos por amor. Así vamos creciendo en nuestra semejanza al Dios Trinitario.
Cevequianos y jesuitas, convencidos de que es Dios quien nos llama, estamos en marcha hacia una colaboración cada vez más estrecha entre nosotros, respetándonos y complementándonos mutuamente, como “amigos en el Señor”, dentro de la espiritualidad ignaciana. Ambos buscamos “pensar y sentir una misma cosa en el Señor”.
Comunidad universal
El Vaticano II proclamó que todo cristiano debe ser consciente de la dimensión universal de su fe. Un sentimiento de fraternidad universal, fruto de la fe en un Padre común, rompe toda las barreras de discriminación entre los seres humanos.
Jesuitas y cevequianos nos sentimos también cada vez más universales. La Compañía de Jesús es una sola en todo el mundo. Y la Comunidad de Vida Cristiana se siente también una sola comunidad mundial.
El jesuita está dispuesto a vivir y trabajar en cualquier parte del mundo donde sea enviado por la obediencia.
Enviados en misión
El ofrecimiento que cada uno de nosotros hace a Jesús en los Ejercicios, va cuajando poco a poco en actitudes y actividades concretas. Nos sentimos pecadores perdonados, llamados y enviados por Jesús. Sabemos que él tiene un hermoso proyecto para con cada uno de nosotros, proyecto que poco a poco va tomando cuerpo y convirtiéndose en realidad, a través de diversos pasos de discernimiento.
La espiritualidad que vivimos se centra en la fe en un Dios activo, creador, que trabaja sin cesar, y pone el amor en un continuo y mutuo compartir.
Amor a a Iglesia
San Ignacio insistía en el amor a la Iglesia, un amor realista, que ayude a nuestra Madre a caminar con sinceridad y autenticidad hacia Jesús, su única razón de ser. Amor hecho de apertura y respeto profundo hacia todo creyente. Amor que hace vivir y sufrir los problemas y limitaciones de la Iglesia como propios, ejerciendo con libertad y humildad de hijos el caritativo servicio de la crítica que edifica y es, fundamentalmente, autocrítica.
Ignacio quería a los jesuitas como “caballería ligera”, dispuesta a correr con agilidad a donde lo demandaran las necesidades, especialmente en temas de frontera.
La comunidad de fieles siente en la actualidad retos ignacianos, cuyo aporte será muy valioso para la Iglesia: ayudar a cuajar una espiritualidad laical, que lleve a una conversión personal, comunitaria y social de cuño realmente cristiano; desarrollar una teología del matrimonio, a partir de la experiencia de las propias parejas; profundizar en el puesto de la mujer en el mundo y en la Iglesia...
Como algo vivo y en desarrollo, la espiritualidad laical ignaciana se está aun construyendo. Está en marcha ese buscar como laicos a Dios en todas las cosas, ese ser contemplativos en la acción, ese amar y servir en todo, ese unir íntimamente fe y justicia, ese espíritu de superación constante, a partir de la realidad actual, en lugares de frontera, teniendo siempre a Jesús como centro y meta... Con ello responderemos a uno de los vacíos más grandes de la actualidad, el de la falta de sentido de la vida. Éste es nuestro desafío y nuestra esperanza. |